Esas hojitas redondas y carnosas que caen de los árboles en esta época, ese olor lefil, esas feromonas volando entre nosotros. Es una primavera atípica, pero como todas, como aquella en la que conocí a una joven estudiante de odontología. A pesar de que tenía veinte años no me dejaban entrar a la Vía Láctea porque no tenía carnet y sólo portaba un abono transportes naranja falsificado.
Pero entre el destino y la mala suerte se juntaron y esa muchacha de bellos contornos y suaves palabras y yo nos conocimos, yo pegaba con mi saliva el porro que se había hecho ella mientras La Bohême hacía malabares en la Plaza del Dos de Mayo, un vagabundo accidental y una botella de Arehucas se ocupaban del resto. Sabía que me llamarías, sabía que estabamos llamados a hacer algo juntos en esta vida. Por el tiempo que fuera.
En mi linea decidí darte mi teléfono sin pedir el tuyo, acto heróico pero nada inteligente. Tu lo marcaste, yo me hacía el interesante. Hoy no puedo, mañana tampoco.
Me llegaste a preguntar si yo te gustaba o algo, dado mi escaso interés mostrado. Siempre me dijiste que debí haberte besado el día que quedamos. Pero yo no me arriesgué demasiado, bueno, nada. Esa semana de incertidumbre fue terriblemente maravillosa.
Fue así como empieza uno de los capítulos más importantes de mi vida (amorosa), la historia de un romance imposible, abocado a la destrucción mutua, de deseo, pasión y celos, de cafés por el centro, de tu, yo y 3 chapas y donde el destino nos lleve, de noches y días y noches y días sin salir de la habitación, sin salir de tí.
Recordar lo que fue es mejor que lo que pudo haber sido y no fue, así que tu recuerdo ayer, hoy y siempre, es.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment